—No puede dejar todo en manos de la suerte, Gran Alfa —replicó Ragnar—. No puede ponerse a experimentar con la loba roja para ver si la calamidad llegará al reino o no. Tiene que deshacerse de ella. No puede seguir aquí.
Askeladd lo observó sin decir una sola palabra. Cada segundo que pasaba, su presencia se volvía más grande, más abrumadora, hasta que Ragnar sintió cómo la presión se le clavaba en la nuca. Era como estar frente a un lobo que no necesitaba gruñir para advertir que podía matarte