El representante, con la voz aún temblorosa por la tensión del momento, volvió a insistir en lo que para muchos era una creencia antigua: que la Loba Roja traía desgracia. Pero antes de que la multitud pudiera elevar otra vez el murmullo, Askeladd cortó la intervención con un gesto seco y la palabra precisa, como quien pone orden en una sala: la superstición no era un argumento válido.
Se inclinó levemente hacia adelante, clavó la mirada en el portavoz y habló con tono firme, sin aspavientos, d