C112: No tiene que cambiar por mí.
Azucena seguía temblando entre sus brazos, todavía con el rubor en sus mejillas, con ese brillo nervioso en los ojos que la delataba. Askeladd la contemplaba como si estuviera frente a un abismo: sabía que un solo paso más lo arrastraría sin remedio, pero ya no encontraba la fuerza para retroceder.
—Si no lo deseas, dime que me detenga… —murmuró él, dejando la decisión en sus labios.
Azucena lo miró, con las pestañas vibrando, y apenas alcanzó a sacudir la cabeza, negando.
—Mi señor, yo... lo