El descenso desde las cumbres nevadas de Colorado hacia las tierras rojas de Utah fue como caer en un horno de piedra.
El grupo se encontraba ahora en un laberinto de arenisca, donde las paredes de los cañones se alzaban como cuchillas oxidadas contra un cielo de color violeta eléctrico.
Pero lo más inquietante no era el calor, sino el silencio absoluto, un silencio que pesaba más que cualquier estruendo.
Ni un susurro advirtió Aris, quien todavía caminaba con ellos, aunque sus ojos mostraban