El sol de la mañana se filtraba por las cortinas del gran salón de la villa Montes. Valeria bajó las escaleras, todavía agotada por la tensión de la noche anterior, pero se detuvo en seco al llegar al último peldaño. La escena que vio era algo que nunca, ni en sus sueños más salvajes, habría imaginado.
Allí, en medio de la alfombra persa, estaba Sebastián De la Cruz, el temido titán de los negocios, sentado en el suelo. Llevaba puesto un casco de plástico plateado y sostenía un escudo de cartón