La mañana en Belgravia llegó con una niebla tan densa que los faroles de hierro forjado seguían encendidos mucho después de las ocho.
Valeria Miller se encontraba en su despacho privado, rodeada de pantallas que mostraban el flujo incesante de la Bolsa de Hong Kong y los informes de auditoría de las propiedades recuperadas en España.
Su asistente misterioso, cuya voz filtrada ahora era una constante en sus oídos, le confirmó que la tía Matilde había tenido que despedir al último de sus mayordom