La sala de juntas del Grupo Montes no era solo un espacio de cristal y acero; era el centro de mando desde donde Valeria Miller dictaba los términos de una rendición que Madrid consideraba inimaginable.
Sobre la mesa de mármol negro yacían las carpetas enviadas por el equipo legal de Sebastián, que contenían documentos con confesiones firmadas por los investigadores contratados por Isabella Thorne hace cinco años.
Valeria leía cada línea con frialdad calculada, registrando nombres y fechas que