La luz del amanecer se colaba entre las cortinas de la oficina de Valeria Miller, iluminando el polvo que flotaba en el aire tras una noche que cambiaría para siempre la historia de la aristocracia madrileña.
Valeria no había dormido ni un instante; permanecía sentada frente a los monitores de seguridad, observando las grabaciones de la entrada de su residencia donde Sebastián de la Cruz seguía de pie erguido, como un centinela que buscaba redimir años de ceguera en una sola noche de vigilanci