El vacío que se abrió ante Leo Miller no era negro ni blanco, sino de un color que su mente de siete años solo podía procesar como el tono de un sueño olvidado.
Al cruzar el umbral junto al Relojero, el sonido del universo congelado desapareció, reemplazado por un tic-tac rítmico que parecía latir desde el centro de su propio pecho.
Leo miró hacia atrás y vio a sus padres, Valeria y Sebastián, atrapados como moscas en ámbar en el claro del bosque, sus rostros congelados en una mueca de angustia