El primer guerrero de la guardia de élite de Damián alcanzó el saliente de la roca con una agilidad que en otro tiempo me habría parecido sobrehumana. Sus garras se clavaron en la piedra, impulsándose hacia arriba con un gruñido hambriento. No le di tiempo a poner un pie en la terraza. Solté la cuerda del arco y la flecha de plata silbó en el aire, encontrando el espacio justo entre las placas de su armadura de cuero. El impacto lo lanzó hacia atrás, directo al vacío del desfiladero.
No miré