El silencio que siguió a la retirada de Damián era más denso que el humo de los brujos. Los parias, esas sombras de pelaje hirsuto y ojos cargados de una sabiduría amarga, se quedaron estáticos en el límite de la terraza. No aullaron en señal de triunfo; el triunfo era un concepto ajeno para los que han sido olvidados por el mundo. Solo me observaban, y en su mirada sentí el peso de mil destinos rotos que ahora buscaban un ancla en mí.
Me quité la tiara de diamantes de la cabeza. Mis dedos te