Cabalgar de regreso a las tierras altas se sintió como volar sobre un mar de sombras. El semental negro de Silas, una bestia que solo respondía a la fuerza, bufaba bajo mi mando, reconociendo el aura depredadora que ahora emanaba de mí. No era solo la adrenalina del combate; era la satisfacción de haber devuelto el primer golpe. La tiara de diamantes, guardada en mi morral, pesaba más que cualquier arma. Era el símbolo de una vida que me fue arrebatada y que ahora reclamaba de una forma que Dam