Kaelen no me dio tregua tras mi salida del Pozo. Mientras mis pulmones aún se adaptaban al aire gélido de la superficie y mis ojos procesaban la luz de las antorchas, él ya estaba de pie frente a un mapa de cuero extendido sobre la mesa de piedra. No hubo palabras de felicitación ni un momento para asimilar el poder que ahora latía bajo mi piel como un segundo corazón.
—El tiempo de lamentarse terminó en el fondo de ese agujero, Lia —dijo, sin mirarme. Sus dedos largos trazaron una línea roja