capitulo 39

La figura de mi madre, o lo que fuera esa proyección etérea entre las sombras del altar, hizo que el aire en la cámara de diamantes se volviera denso, casi sólido. Sus ojos eran espejos de tormentas antiguas, y su presencia emanaba una fragancia a flores blancas y escarcha que me mareó. A mi lado, Damián dio un paso al frente, con los nudillos blancos apretando la empuñadura de su espada, mientras Valerius permanecía extrañamente estático, con la mirada fija en la Corona de Escarcha como si fue
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