Tania quedó convertida en una estatua de cristal negro, su rostro congelado en una mueca de horror absoluto. El ejército de sombras se desvaneció, dejando el desfiladero en un silencio sepulcral, solo roto por el crujido del hielo bajo nuestros pies.
Me desplomé, la armadura de luz desapareciendo y dejándome de nuevo vulnerable. Damián corrió hacia mí, envolviéndome en sus brazos. Su calor fue lo primero que sentí, un refugio necesario tras el contacto con el vacío. Sus manos me sujetaron con