El estruendo del glaciar quebrándose bajo los pies del ejército de Tania fue el disparo de salida. El aire, saturado de partículas de hielo y magia de ceniza, se volvió casi sólido, dificultando cada respiración. Pero dentro de mí, el Corazón de la Montaña rugía con una frecuencia que silenciaba el caos exterior. Mis runas negras ya no solo palpitaban; liberaban volutas de humo plateado que se enroscaban en mis brazos como serpientes protectoras.
Damián se colocó a mi derecha, su cuerpo era u