capitulo 36

El viento de las Tierras de Escarcha no soplaba; cortaba. Cada ráfaga se sentía como una advertencia lanzada por los dioses antiguos contra aquellos lo suficientemente necios como para profanar su santuario de hielo. Cabalgábamos en un silencio sepulcral, solo interrumpido por el crujir de la nieve bajo las patas de nuestros corceles. A mi izquierda, Damián era una mole de calor contenido, su mandíbula apretada mientras luchaba contra el frío que amenazaba con reabrir sus heridas espirituales

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