El estruendo del colapso del desfiladero fue lo último que escuché antes de que el mundo se convirtiera en un caos de polvo y luz cegadora. El Corazón de la Montaña, ese objeto que Kaelen sostenía con una reverencia aterradora, había detonado una frecuencia que no pertenecía a los vivos. Sentí que mis moléculas se estiraban, que la Liam humana se desintegraba para dar paso a una versión de mí misma que olía a sangre antigua y a estrellas muertas.
Cuando abrí los ojos, el silencio era tan denso