Auren
El silencio de la noche se extendía como un manto sobre los jardines del palacio. La luna, cómplice silenciosa, proyectaba sombras alargadas entre los setos mientras yo caminaba sin rumbo fijo, intentando ordenar mis pensamientos. El aire fresco acariciaba mi rostro, pero no lograba calmar el fuego que ardía en mi interior.
Había pasado horas encerrada en mi habitación, repasando una y otra vez los acontecimientos de los últimos días. Las palabras de mi padre —el Rey— resonaban en mi cabe