Kael
El amanecer me sorprendió despierto, como tantas otras veces. La diferencia era que, por primera vez en años, no me levanté por obligación. No había órdenes que cumplir, ni un juramento que honrar. Las cadenas invisibles que me ataban al rey Aldric se habían roto, dejando en su lugar un vacío desconcertante.
Me incorporé en la cama improvisada que había dispuesto en la antecámara de los aposentos de Auren. Mis músculos protestaron, tensos por la vigilia y la preocupación. Había pasado la n