Auren
El silencio de mi habitación se había convertido en mi único confidente. Las paredes, testigos mudos de mis pensamientos, parecían acercarse cada día un poco más. Llevaba horas sentada junto a la ventana, observando cómo el sol se ocultaba tras las montañas, tiñendo el cielo de tonos rojizos que me recordaban a la sangre.
Sangre real. Mi sangre.
Extendí la mano y contemplé las líneas de mi palma. ¿Cuánto de mi padre corría por mis venas? ¿Qué parte de mí pertenecía realmente a la corona q