La oscuridad en la habitación principal de la Mansión Valderrama se siente más densa que en las noches anteriores.
Valentina está sentada inmóvil en el suelo, apoyada contra la gruesa puerta de roble.
Puede escuchar los pasos de los guardias con botas en el pasillo, un recordatorio constante de que ya no es la señora de la casa, sino una reclusa de alto riesgo.
En su mano, el microchip con los datos del Chrysalis Fase 3 se siente frío, como si absorbiera el calor de la palma de su mano. Esta