La estridente alarma de seguridad resonó por toda la Mansión Valderrama como los gritos de miles de demonios en los oídos de Valentina.
Las luces de los pasillos, que solían ser de un cálido color amarillo, ahora se habían convertido en luces de emergencia parpadeantes de un rojo sangre.
Valentina corrió por el estrecho pasillo de servicio, jadeando, y cada paso desencadenaba un dolor sordo en su bajo vientre.
"Por favor, aguanta un poco más, cariño," susurró Valentina mientras se sostenía el