La luz pálida del amanecer comenzó a colarse por las grietas de las paredes de madera de la choza, iluminando el rostro de Mateo, que parecía cansado pero lleno de rencor.
Valentina seguía de pie inmóvil, con el bisturí en la mano apuntando directamente al pecho del hombre que antes había intentado derribarla en el consejo de administración.
En el rincón de la habitación, el monitor cardíaco portátil de Miguel emitía un sonido rítmico, el único ruido en medio de la opresiva tensión.
No te mueva