Los rayos del sol matutino que penetraban por las ventanas de la oficina de Mateo Valderrama no lograban disipar el aire frío que envolvía el cajón de madera sobre la mesa.
El uniforme de enfermera manchado de sangre parecía absorber toda la luz de la habitación.
Valentina permanecía inmóvil, sus ojos fijos en la tela blanca que ahora estaba endurecida por la sangre seca sangre que suponía que era de Carolina Osorio.
Esta sangre es demasiado antigua para ser una amenaza nueva susurró Valentin