Puede que las campanas de la Catedral de Medellín ya hayan dejado de sonar, pero el eco de aquel santo juramento aún recorría la columna vertebral de Valentina.
La suntuosa recepción de la boda a la que asistieron el presidente, embajadores y titanes de la industria finalmente había terminado.
Ahora, la limusina negra los llevaba de regreso a la mansión de El Poblado.
Pero esta vez no volvían como patrón y empleada contratada. Volvían como esposo y esposa legalmente reconocidos ante el mundo