La noche en Medellín nunca había estado tan fría. Dentro de la furgoneta táctica estacionada a dos cuadras del complejo logístico Valderrama, el ambiente se sentía como en la cabina de un avión de combate.
La luz azul de los monitores de vigilancia iluminaba el rostro tenso de Valentina. Vestía de negro completamente: pantalones tácticos ajustados y un chaleco antibalas oculto debajo de un largo abrigo de seda oscura.
En su muslo, sujetado un portaequipajes especial contenía tres jeringuillas