Las calles de Bogotá esa noche parecían un río interminable de luces, pero para Valentina, cada farola que pasaba se sentía como un clavo sellando el ataúd de su pasado.
Dentro de un taxi viejo que olía a cigarrillo y restos de perfume barato, abrazaba a Miguel, que ya dormía profundamente en su hombro.
Su otra mano no dejaba de acariciar su vientre abultado, la única razón por la que aún elegía seguir respirando.
El taxi continuó rumbo a la terminal de buses de la periferia, alejándose de la