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Setenta y dos horas. Tres días que se sentían como tres años.

Camila había perdido la noción del tiempo en algún punto del segundo día. Las horas se fusionaban en un ciclo interminable de pitidos de monitores, visitas de enfermeras que verificaban signos vitales, y el siseo constante del respirador que mantenía a Alejandro vivo.

La silla junto a su cama se había convertido en el universo completo de Camila. Era de vinilo verde, diseñada para ser funcional en lugar de cómoda, y después de horas s
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