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La mañana llegó a Ginebra con la parsimonia particular de los días que no tienen prisa por demostrar nada.

En el apartamento que Catalina y Laurent habían alquilado cerca del hospital, la luz entraba oblicua por la ventana del dormitorio, dibujando un rectángulo pálido sobre el suelo de madera. Catalina llevaba despierta desde las cinco. No por los gemelos —Gabriel y Gabriela dormían en el cuarto contiguo bajo la supe

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