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El helicóptero descendió sobre Ginebra cuando el sol ya tocaba los tejados con ese color particular del atardecer en octubre, entre el ocre y el cobre, que Camila había aprendido a reconocer durante los meses que llevaba viviendo en esa ciudad sin haberla elegido. Desde la ventanilla observó el lago reflejando la luz como si fuera metal fundido, y pensó, no por primera vez, que Ginebra era una ciudad que te dejaba vivir sin preguntarte demasiado, lo cual era

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