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El cinco por ciento que quedó resultó ser más significativo de lo que nadie imaginó.

Camila lo comprendió cuando la luz del amanecer atravesó la ventana de la habitación del hospital y tocó el rostro de su hijo. Durante un instante—apenas un parpadeo—los ojos de Gabriel Ricardo no fueron marrones como los de Alejandro. Fueron grises. Luego verdes. Después regresaron al marrón oscuro que había visto

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