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Los enemigos de mis enemigos no son amigos—son herramientas temporales.

Don Ricardo Montes sostenía el teléfono satelital contra su oreja izquierda, la derecha ocupada en mantener presión contra el vendaje de su brazo herido. Las seis de la mañana en Ginebra significaban las cinco en alguna instalación secreta que ni siquiera la inteligencia europea había logrado localizar con precisión. Pero Ricardo conocía el número

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