La mañana llegó gris, con un cielo plomizo que amenazaba lluvia. Valeria llevaba dos horas despierta cuando el portero anunció la llegada de Venegas. Se había puesto una bata de seda blanca y el pelo recogido en un moño desordenado. No había dormido bien. Las rosas de Mateo seguían sobre la mesa de la cocina, y las pruebas de Sofía descansaban dentro del sobre manila, como una bomba de tiempo.
El licenciado entró con paso firme, acompañado de un hombre delgado de anteojos negros y traje azul ma