Valeria esperó al momento adecuado para hablar con Lucía.
No fue esa noche, porque llegó tarde y su hija ya dormía. Tampoco a la mañana siguiente, porque Lucía salió temprano con Sebastián a no sé qué trámite universitario que había postergado demasiado. Fue al mediodía del día siguiente, cuando las dos coincidieron en la cocina sin planes ni prisa, y Valeria pensó que si esperaba el momento perfecto no iba a llegar nunca.
—Alejandro me pidió que te dijera algo —dijo, mientras servía dos tazas