Valeria no durmió.
Pasó la noche mirando el techo con el teléfono apagado sobre la mesilla, como si apagarlo pudiera borrar la llamada. No podía. La voz de Alejandro seguía ahí, instalada en algún rincón del oído donde las cosas no se van solo porque uno quiera.
Necesito hablar contigo. A solas. Sin abogados.
A las seis de la mañana se levantó, se preparó un café y llamó al Lic. Venegas.
—Alejandro me contactó anoche —dijo, sin preámbulos.
Al otro lado hubo un silencio breve y calculado.
—¿Desd