Capítulo 18.

Valeria

Salí de la habitación casi de puntillas, cuidando que Armando no se despertara. Su respiración profunda llenaba el silencio, y por un instante me quedé mirándolo desde la puerta. Dormía como si nada, con el cabello revuelto y ese cuerpo que parecía tallado por dioses. Maldito hombre. Me había dejado exhausta, como si en cada encuentro encontrara la forma de drenar cada gota de energía que tenía.

Cerré suavemente la puerta y caminé por el pasillo del hotel con el cuerpo adolorido. Apenas podía sostenerme en los tacones, pero no era precisamente por el cansancio físico de la fiesta. La limusina me esperaba abajo. El chofer me abrió la puerta con una reverencia discreta, y yo solo asentí, rogando porque no notara el estado en el que estaba.

Cuando llegué a la mansión, Ana ya estaba en la entrada. Me observó con esa mirada suya, inquisitiva, como si pudiera leerme el alma con solo levantar una ceja.

—Parece que la fiesta estuvo muy buena, ¿no? —comentó con ironía.

Rodé los ojos y
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