CRHIS
—Señor Jones... ¿qué ha pasado? —pregunta retrocediendo.
—Dile a mi tía que baje. Ahora —sentencio, entrando en la sala de estar como si fuera el dueño del aire que ella respira.
Margaret baja las escaleras envuelta en una bata de seda cara. Su rostro muestra preocupación, pero todavía mantiene esa fachada de elegancia vacía. Se detiene en seco al verme.
—Christopher... ¿Dónde está Roth? Salió contigo hace horas y no contesta el teléfono.
Me sirvo un trago de la licorera de su marido. El cristal del vaso tintinea contra la botella, el único sonido en una sala que de repente se siente pequeña. El whisky me quema la garganta, dándome la claridad fría que necesito. Me giro lentamente para mirarla, dejando que el silencio la torture, observando cómo su elegancia se desmorona ante mi aspecto: la camisa arrugada, el rostro endurecido y mis manos... mis manos que cuentan una historia que ella aún no imagina.
—Siéntate, Margaret —digo, y mi voz suena como el hielo crujiendo bajo el peso