AURA.
La luz de la mañana se filtra por las cortinas, pero no es la alarma la que me despierta, sino el cosquilleo de su respiración en mi nuca y un peso cálido que me rodea la cintura. Me quedo quieta un segundo, recordando la intensidad de la noche, las confesiones y ese refugio que construimos entre sábanas.
—Si sigues fingiendo que duermes, voy a empezar a creer que eres una espía muy mala —susurra Christopher con esa voz ronca de recién despertado que me acelera el pulso.
Me giro entre sus