AURA.
Christopher reacciona al instante, su rol de protector es instintivo. Con una suavidad que desdice al hombre despiadado de la terraza, toma a Amaral de mis brazos.
El peso de la chica se transfiere de mí a él. La carga sin esfuerzo, la deposita en la cama y la cubre con una manta suave, asegurándose de que esté cálida y segura. Luego, se endereza.
Me mira con una intensidad que va más allá de la gratitud; es un escrutinio frío.
—Quédate en la sala. Espera allí.
Su voz es baja y autoritaria. No me da las gracias, no me hace preguntas, solo da una orden.
Elisa, la otra hermana, está al borde del colapso, sollozando sin control. Christopher la toma del brazo y se la lleva a su habitación para calmarla, la enfermera lo sigue.
Asiento, mi cuerpo aún temblando por el shock y la adrenalina. Bajo a la sala de estar, sintiéndome extrañamente desubicada.
La señora Clara me sigue en silencio.
—¿Quiere un café, señorita? —me pregunta, su voz aún nerviosa.
—Sí, por favor —acepto—. Señora Cla