La revelación de Mateo había dejado un silencio absoluto en el vestíbulo. Elena Hayes, mi madre, había dejado instrucciones para protegernos desde el más allá. Sabía que este día llegaría. Y se había preparado.
—Elena siempre fue una mujer adelantada a su tiempo —dijo Víctor, con la voz ronca—. Sabía que Lorenzo no descansaría hasta encontrar la fórmula. Por eso dejó el diario. Por eso dejó las cartas. Y por eso dejó a Emilia como guardiana de sus secretos.
—Entonces el perfume... —comencé, sin