La cafetería olía a café recién molido y a misterio. Era el tipo de lugar que parecía diseñado para encuentros secretos, con sus mesas de madera oscura, la luz tenue y el murmullo apenas perceptible de las conversaciones ajenas.
Lorenzo Valdés me observaba desde el otro lado de la mesa con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Tenía el cabello canoso pero bien peinado, un traje oscuro impecable y manos cuidadas que sostenían una taza de café expreso. Olía a dinero y a algo más. Algo que no log