La clandestinidad olía a humedad, tabaco barato y desesperación. En el sótano de un almacén abandonado cerca de los muelles, Agustín López contemplaba el fajo de billetes sobre la mesa coja. Era una miseria. El dinero que Lysandra le había transferido del fideicomiso de Eric se había esfumado entre vicios, deudas de juego y los pagos para mantenerse oculto de la policía. Ahora que el grifo financiero estaba completamente cerrado y las cuentas congeladas por el Grupo Knight, el pánico había come