El regreso a la mansión fue tranquilo, casi silencioso. Los niños dormían en el asiento trasero del auto, agotados por el día de sol y playa. Mateo se había despedido en el aeropuerto con un abrazo que prometía más encuentros, y yo sentía que, por primera vez en meses, el peso de la incertidumbre comenzaba a disiparse.
Pero cuando llegamos a casa y los niños estuvieron acostados, Rowan caminó hacia su despacho con el rostro tenso. Yo lo seguí sin decir una palabra, sabiendo lo que estaba por ve