El sobre llegó a la mañana siguiente, con el sello del laboratorio y la urgencia de quien sabe que está entregando una verdad que cambiará vidas. Lo tomé con manos firmes, aunque por dentro temblaba como un niño. Vanesa estaba a mi lado, con los brazos cruzados y una sonrisa tranquila en el rostro. No había dudas en sus ojos. Solo certeza.
—Ábrelo —me dijo, con la voz suave—. No tengo nada que esconderte. Ya entre nosotros se acabó las mentiras y las máscaras.
Sonrió. Así era ella. Siempre tan