La tarde se extendía sobre la mansión como un manto dorado. El sol de la tarde se filtraba a través de los ventanales del salón principal, creando patrones de luz y sombra en el suelo de mármol. Los niños habían almorzado temprano, y Eric se había quedado dormido en su habitación, agotado por la tensión de los últimos días.
Alessandro, en cambio, estaba inquieto.
—Mamá, ¿puedo jugar con papá? —preguntó, tirando de mi manga.
—Claro, cariño. —Sonreí y señalé el despacho de Rowan—. Está allí. Ve a