El eco de los gritos de Agustín aún resonaba en los pasillos de la mansión cuando Rowan regresó a la habitación donde yo esperaba con los niños. Su rostro estaba tenso, su mandíbula apretada, pero en sus ojos vi algo que no había visto antes: una determinación fría y calculadora.
—¿Qué pasó? —pregunté, abrazando a Alessandro y a Eric contra mi pecho.
—Lo saqué de la propiedad. —Rowan cerró la puerta y se apoyó contra ella—. Pero no va a rendirse. Lo sé.
—¿Qué quiere realmente?
—Dinero. Poder. R