El tercer día del juicio amaneció con un cielo gris y amenazante. La sala del tribunal estaba aún más llena que los días anteriores, y el murmullo de las conversaciones se mezclaba con el sonido de los flashes de las cámaras. Pero yo solo tenía ojos para una persona: Víctor, mi hermano.
Estaba sentado en el estrado de los testigos, con las manos entrelazadas y el rostro tenso. Luna estaba en el público, en la primera fila, con los ojos fijos en él y una sonrisa que intentaba transmitirle fuerza