El eco de los disparos aún resonaba en la selva cuando Lorenzo apareció entre los árboles. Su sonrisa era fría, calculadora, y en sus ojos vi la misma malicia que había visto en el café. Pero esta vez, no había mesa entre nosotros. No había excusas. Solo la verdad.
Su voz retumbo en mi mente—. “Entonces tendré que quitártelo por la fuerza”.
Lorenzo soltó una risa baja y ya tenía su rifle levantado.
—Hijos míos—dijo, con una voz que era puro veneno—. Sabía que volverían. Y he venido a recuperar