La carta de mi madre para Isabela estaba en mis manos. Era un sobre amarillento, con la letra temblorosa de Elena Hayes. Mis dedos rozaron el papel mientras sentía que el corazón se me aceleraba.
—¿Puedo leerla? —preguntó Isabela, con la voz apenas un susurro.
Asentí y le entregué el sobre. Isabela lo abrió con manos temblorosas y comenzó a leer en silencio. Vi cómo sus ojos se llenaban de lágrimas, cómo su respiración se volvía errática.
—¿Qué dice? —pregunté, sintiendo que el nudo en mi garga